APOLOGÍA DE UNA HERRAMIENTA

Cuando uno se enfrenta como artista o como espectador del Arte a la Inteligencia Artificial, se produce un debate interno para el cual tenemos pocas herramientas. No sabemos muy bien cómo pararnos ante la evidencia, más rápida que su comunicación masiva.

Por un lado, están las muy difundidas prevenciones en contra o las muy entusiastas defensas, referidas específicamente a la Inteligencia Artificial como ente. Sí, más que como tecnología en desarrollo: como ente, uno muy personalizable al que se le atribuyen virtudes e intenciones casi humanas. O sobrehumanas.
Por otro lado, tenemos mayor o menor formación en la Historia del Arte y sus desvíos, que nos permite comparar este hecho disruptivo con otros tales como la fotografía o el nacimiento del arte conceptual. Pero convengamos que si no tenemos un rol activo en el mercado del Arte, estamos desorientados hace tiempo ya acerca de lo que podemos considerar o no Arte. Recordemos que estamos en la época donde una banana pegada a la pared o una escultura invisible representan la cumbre de la Estética contemporánea.
Para la gran mayoría de los artistas visuales (dejo para otra ocasión la relación de IA con música y otras artes) y de los espectadores no especializados, trabajar con Inteligencia Artificial es hacer trampa. El esfuerzo, el virtuosismo, la materia, parecerían definir al artista y a la obra. El Arte Digital… sí, pero no, porque aún no “decidía la máquina” qué hacer. Se trataba de otro lienzo, en definitiva.
Aquí va la primera noticia: no es la máquina que decide.
No se trata de pedirle a ChatGPT la imagen de una botella de vino pintada con el estilo del Renacimiento. Eso, convengamos, lo hace cualquiera. Y allí el algoritmo presenta posibilidades a elección de un cliente que no es un artista.
El artista que trabaja con Inteligencia Artificial como herramienta, aprovecha, sin dudas, la extensa documentación visual del programa, pero decide qué es lo que quiere y lo busca con bastante dedicación.
En principio debe educar al algoritmo sobre sus preferencias estilísticas durante muchas horas, para llegar a conseguir un estilo propio que lo represente o adecuado al tipo de obra que persigue. Aunque será reconocible, en todo caso, como propio.
Luego imagina una composición, que es bastante improbable que la IA entregue definida. Con lo cual sigue un trabajo de collage, tratamiento de luz y color, textura y armonía de los elementos en otro u otros programas.
El artista que trabaja con asistencia de IA persigue una imagen que está en su cabeza, aunque debe estar atento a las posibilidades que le da el azar: a veces la IA presenta soluciones ingeniosas a determinados problemas formales. Encontrar una mirada en una representación figurativa, unas manos correctas (la IA tiene un talón de Aquiles en la representación correcta de la anatomía de las manos, por ahora), unas sombras adecuadas, no es sencillo, si es que el esfuerzo nos interesa tanto como categoría definitoria de un artista.
La “creatividad” plástica de la IA es tan convincente como la coherencia de su lenguaje. Así como construye un lenguaje natural basándose en terabytes de texto originado por humanos, encontrando las relaciones más habituales entre términos, así construye imágenes tomando el archivo visual de la humanidad como fuente de elementos. Así como lo que dice no significa nada para ella, aunque dé la sensación de un humano hablando, tampoco se emociona o siente la belleza en las imágenes que crea por combinación de información.
Por ahora. Esta es la salvedad que es preciso mencionar cada vez que hablamos de IA. Quizás en décadas o cientos de años, o nunca, el nivel de auto-conciencia de la IA le permita compararse con un humano y, por ende, con un artista.
Por ahora, la noción de símbolo, mensaje, emoción y satisfacción estética son inseparables de un artista humano. Aunque use IA como herramienta.

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